En una columna publicada por El Mercurio hace unos días, un joven abogado hace un llamado a estar atentos al “discurso estatista redistributivo, la ideología igualitarista, la retórica antiempresarial y la moralina antilucro”, así como al espíritu colectivista que hay tras todo esto, pues ello estaría poniendo en riesgo nuestras libertades y nuestro bienestar. En su análisis explica asimismo la ya conocida advertencia de que las ideologías son una amenaza peligrosa, debido sobre todo a que ellas no basan sus principios en la racionalidad sino en la fe.
Ahora bien, no todo es crítica en su planteamiento, también hace gala en él de una defensa a la filosofía individualista, a la par que advierte que “nada de todo aquello de lo que disfrutamos hoy en Chile gracias a la revolución liberal iniciada hace más de tres décadas está asegurado.”
Baste con este breve resumen para poner en evidencia que lo que se afirma con todo ello no es más que la vieja cantinela, que hemos oído ya casi por un siglo, venida de un sector de nuestra sociedad. Son ya repetidas las palabras alarmistas y temerosas ante todo lo que pudiera asemejarse al “socialismo” y a lo relacionado con una intromisión del Estado en la economía y en la sociedad. Es empero, el mismo temor y espanto, que los socialistas expresan frente a un satanizado “capitalismo”. Temores y reacciones aterrorizadas por ambos lados fueron pan de cada día, sobre todo y quizás con razón, durante la Guerra Fría.
Cuerpo joven, mente anciana
Pues bien, si no es la novedad del discurso el que nos llama la atención, ¿qué es entonces? Lo que más sorprende al leer esta columna es que ella la escribe alguien de una nueva generación. Una generación muy lejana ya a aquel conflicto, que no debiera actuar y pensar bajo los esquemas extremos de izquierda-derecha. Sin embargo -y por más que el autor de la columna aludida ataque a las ideologías- él mismo termina siendo pregonero de una de ellas (¿o es que tras el pensamiento liberal individualista no hay una fe ciega en el conseguimiento de la felicidad?). Y lo triste del asunto es que él no es el único. Muchos jóvenes opinan como él. Para ser más concretos aún, demasiados jóvenes profesionales educados, opinan como él.
Al leer y oír tales temores –basados éstos también más en la irrealidad que en la racionalidad, pues está demostrado que sociedades que combinan un sistema socialista con uno capitalista, pueden llegar a la prosperidad sin poner en jaque ningún tipo de libertad- yo me pregunto, cómo es posible que los que supuestamente debemos ser quienes transformemos y construyamos una nueva sociedad, podamos quedarnos pegados en un molde ya obsoleto. ¿No es acaso característica propia de la juventud, la capacidad creativa? ¿No debiera conllevar la juventud, algo de arrojo? O en otras palabras, ¿No es el temor frente a las reformas una característica impropia de la juventud? Pues, si los jóvenes no plantean nuevos caminos, ¿quién lo hará? ¿Lo harán aquellos que ya tienen su criterio formateado y a quienes les es imposible sacudirse ya de su visión en blanco y negro?
Es triste, lamentable e injusto que aún hoy, a la luz de la vergonzosa desigualdad en que vivimos, algunos continúen sacralizando un sistema económico liberal puro. Es incluso malvado, plantear que la “ideología igualitarista” dañará severamente “nuestro sistema de libertades”, estando el portavoz de aquellas exclamaciones en un puesto seguro y resguardado, sin prestar atención al hecho de que aquellas libertades y bienestar de que él habla, defiende y disfruta, no son disfrutados por todos los chilenos.
La falta mayor, sin embargo, no es la de defender unos bienes que en realidad solo disfruta él mismo y unos cuantos más –eso, podríamos decir, está en el programa mismo de su defendido individualismo-, sino el hecho de que su opción es planteada como la única alternativa frente a otra que llevaría a Chile al “fracaso en su proyecto de alcanzar la paz y prosperidad (…) sumiéndolo en un nuevo período de estancamiento y conflictividad”. Con lo cual, le cierra al país cualquier otra alternativa intermedia. En su opinión, simplemente no la hay. Según este esquema entonces, tendríamos que enfrentarnos a una tremenda elección: o es la libertad, o es la igualdad. Ante tal escenario, no nos queda más que suspirar y agarrarnos la cabeza. Y preguntarnos nuevamente ¿cómo es posible que nuestra nueva generación le imponga tales límites a su
pensamiento?
Las alternativas y la fraternidad: la fraternidad como alternativa
Como lo dijera Claudio Orrego hace unos meses, es inconcebible que estemos viviendo bajo la que él denomina una “dictadura de la falta de alternativas”. Es hora de que seamos capaces de abrirnos un camino propio, con propuestas nuevas, con lenguaje nuevo. Dejar de lado las oposiciones dañinas y obsoletas, intentar aunque sea acercarnos a una reconciliación de los términos igualdad y libertad, de ver sin temor la intromisión del Estado en algunas materias, así como el incentivo de la actividad privada y el emprendimiento en otras. De desideologizar, por ejemplo, la reforma tributaria y entenderla ya no como un abuso del Estado frente a algunos ciudadanos sino como la expresión de una colaboración entre clases sociales –que no de lucha entre ellas-, necesaria para palear la desigualdad de cuna.
Así mismo, y para finalizar, mencionar que sería beneficioso intentar comprender que nuestra cultura tiende naturalmente al colectivismo y sería más fructífero para todos aprovechar las bondades que éste pueda traer, en vez de intentar reprimir tal manera de ser e imponernos otra. No olvidemos que nuestras raíces están impregnadas de catolicismo, y por ende, de un modo de vivir muy distinto al protestantismo individualista, por lo que difícilmente uno de nosotros verá como héroe admirable a quien solo consiga enriquecerse a sí mismo, aun cuando esto signifique un aumento en el PIB nacional.
No otra cosa que un sentimiento colectivista es el que está tras las simples y profundas palabras de quien hoy día se ha ganado el respeto de todos, por ser justamente alguien que se desmarca de las intenciones conflictivas y teñidas del clásico blanco-negro de nuestra política chilena, buscando ser una alternativa al modus operandi de ella. Iván Fuentes es ese alguien que nos regala palabras nuevas y un tono nuevo. Él sencillamente declara que la política tiene que cambiar de rumbo para “ser algo más de hermanos”.
Ojalá que esto nunca sea interpretado como una amenaza a nuestras libertades y a nuestro
bienestar.
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Santiago, Marzo
2012
Un fragmento de esta columna fue publicada en: http://www.pulso.cl/noticia/opinion/2012/04/4-5009-9-oposiciones-hoy-obsoletas.shtml