jueves, 7 de junio de 2012

LA FAMILIA COMO MICRO-SOCIEDAD

Escuchamos hablar de la familia y del valor de la familia constantemente. Para nadie es desconocida la sentencia “la familia es la base de la sociedad”. Y creo que nadie puede estar en desacuerdo con tal afirmación.

La insistencia en la protección de la familia ha venido sobre todo desde el lado conservador de nuestra sociedad, inculcando la importancia que ésta tiene para el sano desarrollo de la nación. Su insistencia sin embargo, muchas veces carece de la verdadera reflexión acerca de la relevancia de la familia y se queda en las formas y en los modelos: la sagrada Familia, constituida por padre, madre e hijo, debe ser el patrón a seguir.

Aquel ideal es altamente deseable, pero debemos considerar que ese no es el único tipo de familia: si miramos Chile, gran cantidad de nuestras familias se constituyen sólo por madre e hijos y muchas veces por abuelas que crían a los nietos. Esos casos, no son “menos familia” que los otros. Y no debieran ser nunca discriminados, como lo han sido en muchas ocasiones (el caso de los hijos de separados o de los hijos naturales fueron íconos de tal discriminación).

¿Qué es entonces lo realmente sagrado de la familia? Más que la composición, lo verdaderamente sagrado de la familia es lo que ahí ocurre (o debiera ocurrir): la formación de personas en los valores y virtudes que solo ahí pueden forjarse verdaderamente. La ayuda mutua, la empatía, la colaboración, la entrega incondicional de amor, la valoración y la tolerancia a la diferencia, la discusión y resolución conjunta de problemas, así como el compromiso con quienes nos rodean y nos necesitan, debieran ser los elementos constituyentes de una familia. En otras palabras, la experiencia de la fraternidad. Experiencia que surge del reconocimiento de que no somos seres desvinculados sino seres sociales y como tales, nos debemos no sólo a nosotros mismos sino a los demás. De ahí que sea la fraternidad el único valor capaz de desterrar al individualismo.

A nivel político hoy el discurso se ha olvidado empero de la fraternidad. La libertad y la igualdad han sido reconocidas como metas sociales, pero no así la fraternidad. Y sin embargo, es ese valor y no otro, el motor de la colaboración entre personas disímiles, con distintas capacidades, talentos y debilidades que conforman una sociedad. Es la fraternidad la que explica que queramos construir un país juntos y no luchar unos contra otros. Así, es por ende la fraternidad quien destierra también a Marx.

No seremos nunca una sociedad cohesionada ni menos amable o querible, si no aprendemos desde la cuna el valor de la fraternidad. A insistir en ese valor debiera ser el llamado, a insistir no tanto en las formas sino en el fondo. A volver a lo que tanto anhelaran personajes tan diferentes como Rousseau y como Rawls, quienes desde siglos y países distintos veían en la fraternidad la respuesta a una sociedad mejor.

Santiago, Junio, 2012

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Esta columna no fue publicada por divergencias de opinión con la línea editorial, tanto de el PULSO, como de Idea País.

jueves, 10 de mayo de 2012

LA OTRA RIQUEZA

Nuestro mundo moderno ha invertido la escala de valores, concibiendo al trabajo como el fin de – y ya no como medio para- nuestras vidas. Antes que cualquier otra cosa, el deber de una persona hoy es trabajar, hacer. Y trabajar y hacer arduamente.

A diferencia de tiempos antiguos, nuestro calendario ya no se organiza para poder vivir, sino para trabajar. Vivir (entendiéndose como algo más que un acto material y temporal, y por ende, asociándolo a un sentido de crecimiento y riqueza interior, de disfrute, de sentimientos humanos como el amar y ser amado, de creación, de juego, de pensamiento y, a veces, de conmoción) es el “entre paréntesis” en nuestra vida de hoy. Un entre paréntesis a su vez distribuido en intermedios, que nos son concedidos entre jornadas laborales. Atrás quedó la idea de organizar nuestra vida entorno a las fiestas, los rituales y el culto, vale decir, en torno a lo que otorgaba sentido y sostenimiento al existir. En otras palabras, atrás quedó lo que los filósofos llaman la sacralidad del mundo. Sacralidad que lo ordenaba y le daba una dirección.

Lo verdaderamente dramático del asunto hoy en día, empero, no es tanto aquella desacralización, sino el hecho de que ésta vino a ser remplazada por un nuevo proceso de sacralización, o mejor dicho, por una pseudo-sacralización; esto es, por la sacralización de elementos que no son de por sí sagrados, que no nos otorgan sentido ni trascendencia y que, por ende, nunca nos terminarán de satisfacer.

El Santo PIB

Algunos de esos elementos son la actividad y la producción. Pensamos que seremos un mejor país y una mejor sociedad, si trabajamos más, si producimos más, si otorgamos más empleo, si el crecimiento económico aumenta, si somos más ricos. Todo eso no está mal, sólo que no es lo primordial. Para lograr ello, hace falta la base que sostiene todos estos avances que permitirán experimentar realmente un progreso. ¿Y cuál es esa base? Es la riqueza interior – no exterior- de nuestra gente.

Y aquí es donde el asunto se pone peliagudo, pues si nos observamos –sobre todo a nosotros, los capitalinos- nos encontramos con una realidad bastante hostil: personas descontentas, agotadas, impacientes, indolentes, grises y hastiadas, por no decir amargadas. Algunas esforzándose por hacer bien su trabajo, otras  sin siquiera hacer el intento. Y esto es, por un lado, resultado de un sistema que nos ahoga de trabajo y apenas nos da tiempo de reponernos, de una cultura “totalitaria del trabajo” -como la llamó Josef Pieper- la cual nos asegura que generando y haciendo más, mejor nos vamos a sentir, cuando en realidad el tiempo para disfrutar aquello que hemos conseguido, es demasiado reducido como para que el esfuerzo valga la pena. Y por otro lado, y en relación con lo anterior, esta situación es también producto de la escasa valoración que tiene nuestra cultura de la persona en sí, de su valor intrínseco, de su ser virtuoso. Vale decir, de lo que venimos denominando riqueza interior.

Pues bien, bajo estas condiciones, ¿qué podemos hacer?  Lo fundamental es preguntarnos de qué manera podemos generar esa riqueza interior. Cómo podemos convertirnos en un país de gente que sea valiosa, más que de gente que produzca cosas de valor. Si conseguimos lo primero, lo segundo vendrá por añadidura, pues si logramos ser personas respetuosas, responsables, conscientes, optimistas, realistas, perseverantes, con sentido del humor y altura de miras, entonces no habrá trabajo que no consigamos, así como no habrá trabajo que nos determine. Si comprendemos que nuestra empresa es en primer lugar uno mismo, entonces no habrá lugar para la insatisfacción, esté dónde uno esté, ocupe el puesto y lugar que ocupe.

Ser o hacer, esa es la cuestión

Pero nuevamente, ¿cómo inculcar tal compromiso conmigo mismo? ¿A quién le cabe la tarea de generar “riqueza interior”? Por un lado se trata obviamente de una tarea personal, pero por otro es también una tarea socio-cultural; consiste en que todos, especialmente nuestros guías, líderes, educadores, formadores de todo tipo, pongan el acento en el ser y no en el hacer (mucho menos en el tener). Que sus discursos, así como su actuar, denote la importancia de ser una persona íntegra, más que tener un tremendo currículo. Que nuestros profesores comprendan que lo verdaderamente importante no es el puntaje del SIMCE o la PSU sino la formación de la persona. No sacamos nada con tener genios, si ellos no construyen una sociedad mejor.

Ahora bien, es ilusorio pensar que el mejoramiento de la “calidad humana” puede darse por sí solo, teniendo en cuenta el ritmo de vida y competencia al cual estamos sometidos en el actual sistema laboral. Es por eso que en una segunda instancia la tarea de generación de “riqueza interior” sí le compete también al Estado. ¿De qué manera? Otorgando un marco regulatorio que respete el tiempo libre de toda persona por igual, vale decir, que garantice la “igualdad de ocio” para todo ser humano. Ocio, entendido como espacio de tiempo libre, no para descansar, sino para crear, crecer, mejorar y afirmar relaciones humanas. Es en este ámbito donde la política puede aún aportar mucho. El descanso del día domingo para todos es ejemplo emblemático de esto. (Y, en este sentido es paradójico, que bajo un gobierno que dice proteger la familia, todavía esté permitido trabajar ese día.)

Es convenciéndonos de todo esto,  advirtiendo la gran importancia que tiene la calidad de nuestra gente, más que la de nuestros productos transaccionales, lo que nos permitirá algún día manifestarle a Parra que sí hemos comprendido su mensaje: que hemos comenzado a ser país y ya no somos sólo paisaje.



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Santiago, Mayo 2012
Esta columna fue publicada en internet, en: http://www.ideapais.cl/columnas/2012/05/17/la-otra-riqueza

lunes, 16 de abril de 2012

DE OBSOLETAS OPOSICIONES

En una columna publicada por El Mercurio hace unos días, un joven abogado hace un llamado a estar atentos al “discurso estatista redistributivo, la ideología igualitarista, la retórica antiempresarial y la moralina antilucro”, así como al espíritu colectivista que hay tras todo esto, pues ello estaría poniendo en riesgo nuestras libertades y nuestro bienestar. En su análisis explica asimismo la ya conocida advertencia de que las ideologías son una amenaza peligrosa, debido sobre todo a que ellas no basan sus principios en la racionalidad sino en la fe.

Ahora bien, no todo es crítica en su planteamiento, también hace gala en él de una defensa a la filosofía individualista, a la par que advierte que “nada de todo aquello de lo que disfrutamos hoy en Chile gracias a la revolución liberal iniciada hace más de tres décadas está asegurado.”

Baste con este breve resumen para poner en evidencia que lo que se afirma con todo ello no es más que la vieja cantinela, que hemos oído ya casi por un siglo, venida de un sector de nuestra sociedad. Son ya repetidas las palabras alarmistas y temerosas ante todo lo que pudiera asemejarse al “socialismo” y a lo relacionado con una intromisión del Estado en la economía y en la sociedad. Es empero, el mismo temor y espanto, que los socialistas expresan frente a un satanizado “capitalismo”. Temores y reacciones aterrorizadas por ambos lados fueron pan de cada día, sobre todo y quizás con razón, durante la Guerra Fría.

Cuerpo joven, mente anciana

Pues bien, si no es la novedad del discurso el que nos llama la atención, ¿qué es entonces? Lo que más sorprende al leer esta columna es que ella la escribe alguien de una nueva generación. Una generación muy lejana ya a aquel conflicto, que no debiera actuar y pensar bajo los esquemas extremos de izquierda-derecha. Sin embargo -y por más que el autor de la columna aludida ataque a las ideologías- él mismo termina siendo pregonero de una de ellas (¿o es que tras el pensamiento liberal individualista no hay una fe ciega en el conseguimiento de la felicidad?). Y lo triste del asunto es que él no es el único. Muchos jóvenes opinan como él. Para ser más concretos aún, demasiados jóvenes profesionales educados, opinan como él.

Al leer y oír tales temores –basados éstos también más en la irrealidad que en la racionalidad, pues está demostrado que sociedades que combinan un sistema socialista con uno capitalista, pueden llegar a la prosperidad sin poner en jaque ningún tipo de libertad- yo me pregunto, cómo es posible que los que supuestamente debemos ser quienes transformemos y construyamos una nueva sociedad, podamos quedarnos pegados en un molde ya obsoleto. ¿No es acaso característica propia de la juventud, la capacidad creativa? ¿No debiera conllevar la juventud, algo de arrojo? O en otras palabras, ¿No es el temor frente a las reformas una característica impropia de la juventud? Pues, si los jóvenes no plantean nuevos caminos, ¿quién lo hará? ¿Lo harán aquellos que ya tienen su criterio formateado y a quienes les es imposible sacudirse ya de su visión en blanco y negro?

Es triste, lamentable e injusto que aún hoy, a la luz de la vergonzosa desigualdad en que vivimos, algunos continúen sacralizando un sistema económico liberal puro. Es incluso malvado, plantear que la “ideología igualitarista” dañará severamente “nuestro sistema de libertades”, estando el portavoz de aquellas exclamaciones en un puesto seguro y resguardado, sin prestar atención al hecho de que aquellas libertades y bienestar de que él habla, defiende y disfruta, no son disfrutados por todos los chilenos.

La falta mayor, sin embargo, no es la de defender unos bienes que en realidad solo disfruta él mismo y unos cuantos más –eso, podríamos decir, está en el programa mismo de su defendido individualismo-, sino el hecho de que su opción es planteada como la única alternativa frente a otra que llevaría a Chile al “fracaso en su proyecto de alcanzar la paz y prosperidad (…) sumiéndolo en un nuevo período de estancamiento y conflictividad”. Con lo cual, le cierra al país cualquier otra alternativa intermedia. En su opinión, simplemente no la hay. Según este esquema entonces, tendríamos que enfrentarnos a una tremenda elección: o es la libertad, o es la igualdad. Ante tal escenario, no nos queda más que suspirar y agarrarnos la cabeza. Y preguntarnos nuevamente ¿cómo es posible que nuestra nueva generación le imponga tales límites a su
pensamiento?

Las alternativas y la fraternidad: la fraternidad como alternativa


Como lo dijera Claudio Orrego hace unos meses, es inconcebible que estemos viviendo bajo la que él denomina una “dictadura de la falta de alternativas”. Es hora de que seamos capaces de abrirnos un camino propio, con propuestas nuevas, con lenguaje nuevo. Dejar de lado las oposiciones dañinas y obsoletas, intentar aunque sea acercarnos a una reconciliación de los términos igualdad y libertad, de ver sin temor la intromisión del Estado en algunas materias, así como el incentivo de la actividad privada y el emprendimiento en otras. De desideologizar, por ejemplo, la reforma tributaria y entenderla ya no como un abuso del Estado frente a algunos ciudadanos sino como la expresión de una colaboración entre clases sociales –que no de lucha entre ellas-, necesaria para palear la desigualdad de cuna.

Así mismo, y para finalizar, mencionar que sería beneficioso intentar comprender que nuestra cultura tiende naturalmente al colectivismo y sería más fructífero para todos aprovechar las bondades que éste pueda traer, en vez de intentar reprimir tal manera de ser e imponernos otra. No olvidemos que nuestras raíces están impregnadas de catolicismo, y por ende, de un modo de vivir muy distinto al protestantismo individualista, por lo que difícilmente uno de nosotros verá como héroe admirable a quien solo consiga enriquecerse a sí mismo, aun cuando esto signifique un aumento en el PIB nacional.

No otra cosa que un sentimiento colectivista es el que está tras las simples y profundas palabras de quien hoy día se ha ganado el respeto de todos, por ser justamente alguien que se desmarca de las intenciones conflictivas y teñidas del clásico blanco-negro de nuestra política chilena, buscando ser una alternativa al modus operandi de ella. Iván Fuentes es ese alguien que nos regala palabras nuevas y un tono nuevo. Él sencillamente declara que la política tiene que cambiar de rumbo para “ser algo más de hermanos”.

Ojalá que esto nunca sea interpretado como una amenaza a nuestras libertades y a nuestro
bienestar.

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Santiago, Marzo
2012