Escuchamos hablar de la familia y del valor de la familia
constantemente. Para nadie es desconocida la sentencia “la familia es la base
de la sociedad”. Y creo que nadie puede estar en desacuerdo con tal afirmación.
La insistencia en la protección de la familia ha venido sobre todo desde el lado conservador de nuestra sociedad, inculcando la importancia que ésta tiene para el sano desarrollo de la nación. Su insistencia sin embargo, muchas veces carece de la verdadera reflexión acerca de la relevancia de la familia y se queda en las formas y en los modelos: la sagrada Familia, constituida por padre, madre e hijo, debe ser el patrón a seguir.
Aquel ideal es altamente deseable, pero debemos considerar que ese no es el único tipo de familia: si miramos Chile, gran cantidad de nuestras familias se constituyen sólo por madre e hijos y muchas veces por abuelas que crían a los nietos. Esos casos, no son “menos familia” que los otros. Y no debieran ser nunca discriminados, como lo han sido en muchas ocasiones (el caso de los hijos de separados o de los hijos naturales fueron íconos de tal discriminación).
¿Qué es entonces lo realmente sagrado de la familia? Más que la composición, lo verdaderamente sagrado de la familia es lo que ahí ocurre (o debiera ocurrir): la formación de personas en los valores y virtudes que solo ahí pueden forjarse verdaderamente. La ayuda mutua, la empatía, la colaboración, la entrega incondicional de amor, la valoración y la tolerancia a la diferencia, la discusión y resolución conjunta de problemas, así como el compromiso con quienes nos rodean y nos necesitan, debieran ser los elementos constituyentes de una familia. En otras palabras, la experiencia de la fraternidad. Experiencia que surge del reconocimiento de que no somos seres desvinculados sino seres sociales y como tales, nos debemos no sólo a nosotros mismos sino a los demás. De ahí que sea la fraternidad el único valor capaz de desterrar al individualismo.
A nivel político hoy el discurso se ha olvidado empero de la fraternidad. La libertad y la igualdad han sido reconocidas como metas sociales, pero no así la fraternidad. Y sin embargo, es ese valor y no otro, el motor de la colaboración entre personas disímiles, con distintas capacidades, talentos y debilidades que conforman una sociedad. Es la fraternidad la que explica que queramos construir un país juntos y no luchar unos contra otros. Así, es por ende la fraternidad quien destierra también a Marx.
No seremos nunca una sociedad cohesionada ni menos amable o querible, si no aprendemos desde la cuna el valor de la fraternidad. A insistir en ese valor debiera ser el llamado, a insistir no tanto en las formas sino en el fondo. A volver a lo que tanto anhelaran personajes tan diferentes como Rousseau y como Rawls, quienes desde siglos y países distintos veían en la fraternidad la respuesta a una sociedad mejor.
Santiago, Junio, 2012
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Esta columna no fue publicada por divergencias de opinión con la línea editorial, tanto de el PULSO, como de Idea País.
La insistencia en la protección de la familia ha venido sobre todo desde el lado conservador de nuestra sociedad, inculcando la importancia que ésta tiene para el sano desarrollo de la nación. Su insistencia sin embargo, muchas veces carece de la verdadera reflexión acerca de la relevancia de la familia y se queda en las formas y en los modelos: la sagrada Familia, constituida por padre, madre e hijo, debe ser el patrón a seguir.
Aquel ideal es altamente deseable, pero debemos considerar que ese no es el único tipo de familia: si miramos Chile, gran cantidad de nuestras familias se constituyen sólo por madre e hijos y muchas veces por abuelas que crían a los nietos. Esos casos, no son “menos familia” que los otros. Y no debieran ser nunca discriminados, como lo han sido en muchas ocasiones (el caso de los hijos de separados o de los hijos naturales fueron íconos de tal discriminación).
¿Qué es entonces lo realmente sagrado de la familia? Más que la composición, lo verdaderamente sagrado de la familia es lo que ahí ocurre (o debiera ocurrir): la formación de personas en los valores y virtudes que solo ahí pueden forjarse verdaderamente. La ayuda mutua, la empatía, la colaboración, la entrega incondicional de amor, la valoración y la tolerancia a la diferencia, la discusión y resolución conjunta de problemas, así como el compromiso con quienes nos rodean y nos necesitan, debieran ser los elementos constituyentes de una familia. En otras palabras, la experiencia de la fraternidad. Experiencia que surge del reconocimiento de que no somos seres desvinculados sino seres sociales y como tales, nos debemos no sólo a nosotros mismos sino a los demás. De ahí que sea la fraternidad el único valor capaz de desterrar al individualismo.
A nivel político hoy el discurso se ha olvidado empero de la fraternidad. La libertad y la igualdad han sido reconocidas como metas sociales, pero no así la fraternidad. Y sin embargo, es ese valor y no otro, el motor de la colaboración entre personas disímiles, con distintas capacidades, talentos y debilidades que conforman una sociedad. Es la fraternidad la que explica que queramos construir un país juntos y no luchar unos contra otros. Así, es por ende la fraternidad quien destierra también a Marx.
No seremos nunca una sociedad cohesionada ni menos amable o querible, si no aprendemos desde la cuna el valor de la fraternidad. A insistir en ese valor debiera ser el llamado, a insistir no tanto en las formas sino en el fondo. A volver a lo que tanto anhelaran personajes tan diferentes como Rousseau y como Rawls, quienes desde siglos y países distintos veían en la fraternidad la respuesta a una sociedad mejor.
Santiago, Junio, 2012
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Esta columna no fue publicada por divergencias de opinión con la línea editorial, tanto de el PULSO, como de Idea País.