jueves, 10 de mayo de 2012

LA OTRA RIQUEZA

Nuestro mundo moderno ha invertido la escala de valores, concibiendo al trabajo como el fin de – y ya no como medio para- nuestras vidas. Antes que cualquier otra cosa, el deber de una persona hoy es trabajar, hacer. Y trabajar y hacer arduamente.

A diferencia de tiempos antiguos, nuestro calendario ya no se organiza para poder vivir, sino para trabajar. Vivir (entendiéndose como algo más que un acto material y temporal, y por ende, asociándolo a un sentido de crecimiento y riqueza interior, de disfrute, de sentimientos humanos como el amar y ser amado, de creación, de juego, de pensamiento y, a veces, de conmoción) es el “entre paréntesis” en nuestra vida de hoy. Un entre paréntesis a su vez distribuido en intermedios, que nos son concedidos entre jornadas laborales. Atrás quedó la idea de organizar nuestra vida entorno a las fiestas, los rituales y el culto, vale decir, en torno a lo que otorgaba sentido y sostenimiento al existir. En otras palabras, atrás quedó lo que los filósofos llaman la sacralidad del mundo. Sacralidad que lo ordenaba y le daba una dirección.

Lo verdaderamente dramático del asunto hoy en día, empero, no es tanto aquella desacralización, sino el hecho de que ésta vino a ser remplazada por un nuevo proceso de sacralización, o mejor dicho, por una pseudo-sacralización; esto es, por la sacralización de elementos que no son de por sí sagrados, que no nos otorgan sentido ni trascendencia y que, por ende, nunca nos terminarán de satisfacer.

El Santo PIB

Algunos de esos elementos son la actividad y la producción. Pensamos que seremos un mejor país y una mejor sociedad, si trabajamos más, si producimos más, si otorgamos más empleo, si el crecimiento económico aumenta, si somos más ricos. Todo eso no está mal, sólo que no es lo primordial. Para lograr ello, hace falta la base que sostiene todos estos avances que permitirán experimentar realmente un progreso. ¿Y cuál es esa base? Es la riqueza interior – no exterior- de nuestra gente.

Y aquí es donde el asunto se pone peliagudo, pues si nos observamos –sobre todo a nosotros, los capitalinos- nos encontramos con una realidad bastante hostil: personas descontentas, agotadas, impacientes, indolentes, grises y hastiadas, por no decir amargadas. Algunas esforzándose por hacer bien su trabajo, otras  sin siquiera hacer el intento. Y esto es, por un lado, resultado de un sistema que nos ahoga de trabajo y apenas nos da tiempo de reponernos, de una cultura “totalitaria del trabajo” -como la llamó Josef Pieper- la cual nos asegura que generando y haciendo más, mejor nos vamos a sentir, cuando en realidad el tiempo para disfrutar aquello que hemos conseguido, es demasiado reducido como para que el esfuerzo valga la pena. Y por otro lado, y en relación con lo anterior, esta situación es también producto de la escasa valoración que tiene nuestra cultura de la persona en sí, de su valor intrínseco, de su ser virtuoso. Vale decir, de lo que venimos denominando riqueza interior.

Pues bien, bajo estas condiciones, ¿qué podemos hacer?  Lo fundamental es preguntarnos de qué manera podemos generar esa riqueza interior. Cómo podemos convertirnos en un país de gente que sea valiosa, más que de gente que produzca cosas de valor. Si conseguimos lo primero, lo segundo vendrá por añadidura, pues si logramos ser personas respetuosas, responsables, conscientes, optimistas, realistas, perseverantes, con sentido del humor y altura de miras, entonces no habrá trabajo que no consigamos, así como no habrá trabajo que nos determine. Si comprendemos que nuestra empresa es en primer lugar uno mismo, entonces no habrá lugar para la insatisfacción, esté dónde uno esté, ocupe el puesto y lugar que ocupe.

Ser o hacer, esa es la cuestión

Pero nuevamente, ¿cómo inculcar tal compromiso conmigo mismo? ¿A quién le cabe la tarea de generar “riqueza interior”? Por un lado se trata obviamente de una tarea personal, pero por otro es también una tarea socio-cultural; consiste en que todos, especialmente nuestros guías, líderes, educadores, formadores de todo tipo, pongan el acento en el ser y no en el hacer (mucho menos en el tener). Que sus discursos, así como su actuar, denote la importancia de ser una persona íntegra, más que tener un tremendo currículo. Que nuestros profesores comprendan que lo verdaderamente importante no es el puntaje del SIMCE o la PSU sino la formación de la persona. No sacamos nada con tener genios, si ellos no construyen una sociedad mejor.

Ahora bien, es ilusorio pensar que el mejoramiento de la “calidad humana” puede darse por sí solo, teniendo en cuenta el ritmo de vida y competencia al cual estamos sometidos en el actual sistema laboral. Es por eso que en una segunda instancia la tarea de generación de “riqueza interior” sí le compete también al Estado. ¿De qué manera? Otorgando un marco regulatorio que respete el tiempo libre de toda persona por igual, vale decir, que garantice la “igualdad de ocio” para todo ser humano. Ocio, entendido como espacio de tiempo libre, no para descansar, sino para crear, crecer, mejorar y afirmar relaciones humanas. Es en este ámbito donde la política puede aún aportar mucho. El descanso del día domingo para todos es ejemplo emblemático de esto. (Y, en este sentido es paradójico, que bajo un gobierno que dice proteger la familia, todavía esté permitido trabajar ese día.)

Es convenciéndonos de todo esto,  advirtiendo la gran importancia que tiene la calidad de nuestra gente, más que la de nuestros productos transaccionales, lo que nos permitirá algún día manifestarle a Parra que sí hemos comprendido su mensaje: que hemos comenzado a ser país y ya no somos sólo paisaje.



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Santiago, Mayo 2012
Esta columna fue publicada en internet, en: http://www.ideapais.cl/columnas/2012/05/17/la-otra-riqueza

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